(y cómo volví a encontrarme)
Hubo una época en que todo, desde afuera, parecía estar bien.
Llevaba años liderando un proyecto que yo misma había creado. Era mi empresa, mi idea, mi sello. Nunca me hubiese embarcado en algo que no me gustara. Pero con el paso del tiempo, empecé a notar algo que me incomodaba: a pesar de seguir en mi proyecto, ya no me la jugaba con la misma pasión.
Pensaba mil veces antes de dar un paso. Las ideas nuevas no llegaban. Me sentía como a «mitad de batería». Algo se había desconectado… pero no era del proyecto: era de mí misma.
Mi rutina seguía, pero mi alma estaba en pausa.
Lo que antes me daba emoción se volvió monótono. Las dificultades normales del negocio (esas que siempre existen) me pesaban el doble. Ya no había chispa, no fluía la creatividad. Mi cuerpo estaba presente, pero mi corazón no. Estaba en modo automático.
Hasta que algo cambió.
No busqué un cambio, al menos no de forma consciente. Un día, simplemente, apareció una publicidad en Instagram sobre un diplomado en coaching. Hoy digo con certeza: fue Diosito poniéndolo frente a mí. Le di click, pedí una sesión de claridad… y ahí empezó todo.
En esa sesión algo dentro de mí se alineó. No tenía idea de que quería ser coach, ¡ni lo consideraba! pero sí sabía que necesitaba una transformación personal.
Me arriesgué... Me inscribí.
Y fue una de las mejores decisiones de mi vida.
Recuerdo en especial una clase sobre creencias limitantes. Me vi de frente con mis propios miedos: al qué dirán, a la edad, a la idea de dejar atrás siete años de estabilidad. Ahí entendí cuánto me frenaba yo misma. Cada clase se convirtió en un regalo, volví a disfrutar los detalles, volví a sonreír con ganas, empecé a contar las cosas con brillo en los ojos.
Me puse de primera.
Hoy entiendo que mi propósito es: acompañar a otras personas a dar ese salto que yo también di, a que se pongan de primeros, a salir de esa zona que se siente segura pero no está viva, a convertir sus límites en oportunidades, lo más importante, no permitir que su alma se desconecte de su camino.
Mi transformación no solo fue profesional…Fue personal. Me cambió como mamá, esposa, hija, hermana, amiga y jefa. Cuando tú estás bien, todo a tu alrededor se alinea diferente.
Y si hoy estás leyendo esto, quizás no sea casualidad.
No te estoy vendiendo una sesión, ni un diplomado. Te estoy diciendo que pongas atención a las señales. A veces llegan suaves, casi como susurros. No las ignores.
Yo aprendí a escucharme. Me atreví. Me arriesgué. Y aunque suene cliché, el que no arriesga no pierde ni gana… pero en el camino de tu transformación no hay nada que perder. Solo hay camino por recorrer.
¿Hace cuánto no sientes esa chispa por lo que haces?
Tal vez hoy sea el momento de volver a ti.
Cuentas conmigo …


Deja un comentario