Hoy no quiero escribir como coach, emprendedora o profesional. Hoy escribo como hija.
Y quiero dedicarte estas palabras, mamá…
Porque si hay alguien que me enseñó lo que es acompañar, escuchar sin juzgar, estar presente y animarme a seguir… fuiste tú. Sin darte cuenta, fuiste mi primera coach. Desde que soy niña has estado ahí, dándome confianza, haciéndome sentir que podía lograr lo que me propusiera, ayudándome a entenderme incluso cuando yo no sabía cómo expresarlo.
Eres una mujer hermosa, alegre, llena de vida. Siempre atenta a los detalles, a tu casa, a que todo estuviera en orden. Fuiste una gran profesional en la agencia de turismo, pero también decidiste dejar todo por un tiempo para cuidarnos a mi hermana y a mí. Y aunque eso muchas veces se da por sentado, yo hoy lo valoro con el alma. Porque fuimos tu prioridad.
Nunca nos faltó nada, pero lo más importante es que nunca me faltaste tú. Estabas ahí, firme, amorosa, pendiente. Atendías a todos con cariño, incluso cuando estabas cansada.
Hoy estás en Venezuela y yo en Chile, pero igual estás presente todos los días. Siempre pendiente, preguntándome cómo estoy, celebrando mis logros como si fueran tuyos, es dificíl saber que estás lejos y que hay días que me encantaría apapacharte, pero segura que llegará el momento que podamos estar juntas de nuevo .
Y hay algo muy tuyo que me encanta: los girasoles. Siempre los has amado. Y la verdad, te pareces a ellos. Porque pase lo que pase, siempre estás buscando el lado bueno. Aunque no te haya tocado fácil, tu forma de llevar las cosas y seguir adelante me demuestra que eres una mujer fuerte, valiente y con mucha luz.
Amo cuando me dices que soy tu guerrera. Y hoy quiero decirte que si lo soy, es porque tú me formaste así. Porque me diste ejemplo, porque me mostraste cómo se enfrenta la vida, con amor, con entrega, con coraje.
Gracias, mima. Por tanto. Por todo.
Te amo. Y me siento muy afortunada de tenerte.
Tu hija, Dayana.


Deja un comentario