Hay días en los que simplemente mantenerte de pie, cuesta. Días en los que sientes que estás debajo del agua, sin oxígeno, y que por más que nades, el nivel sube y sube. Te preguntas: ¿por qué me pasa esto si estoy trabajando en lo que amo?, ¿por qué las malas noticias llegan todas juntas? Y no hay respuesta. Solo el piloto automático que te lleva de un día a otro, con noches eternas y otras donde, milagrosamente, logras descansar.
Hoy escribo este artículo desde el túnel, no desde la salida. Desde ese lugar donde una parte de mí está agotada… pero otra, curiosamente, no se siente derrumbada. Esa es la parte que me sostiene.
He aprendido…y me costó entenderlo…que la vida no es lineal. No venimos aquí solo a vivir lo bonito. Venimos a aprender, a crecer, a encontrar propósito incluso en medio del caos.
Y si algo me ha sostenido en este momento tan complicado ha sido:
1.Dios.
Él ha sido mi paz. Él ha sido mi fuerza. Él ha sido mi refugio. Me ha llenado de una calma que no viene del mundo, una sonrisa que nace incluso en medio de las lágrimas. Me ha unido aún más a mi esposo, con quien hemos cultivado una conexión espiritual que solo puedo describir como hermosa.
2.Mi esposo.
Su compañía ha sido fuerza, empuje, amor. Hemos crecido como pareja, como personas, como profesionales. Nos abrazamos incluso en medio del caos, y juntos nos recordamos cada día por qué seguimos.
3.El coaching.
Esta profesión llegó a mí cuando ni yo misma entendía por qué. Hoy lo sé: Dios me la regaló como herramienta para sanar, acompañar y entender que no todo tiene que tener sentido inmediato. El coaching me enseñó a escucharme, a no vivir solo desde la mente, a confiar en mis instintos, en mi intuición, en mi ser.
¿Y por qué lo llamo desafío?
Porque los desafíos no vienen a destruirnos, sino a forjarnos. Me gusta llamarlo así porque me recuerda que no soy víctima de lo que vivo, sino aprendiz. Un desafío se supera, se atraviesa, se vive con la frente en alto, aunque por dentro sientas que te quiebras.
Los desafíos te muestran de qué estás hecha. Te invitan a crecer, a soltar lo que ya no va, a fortalecer lo que sí. Y aunque duelan, también te enseñan a mirar con otros ojos.
¿Qué hacer si tú también estás en un momento así?
Lo primero: no te exijas estar bien todo el tiempo. Permítete sentir, llorar, detenerte. Pero también haz una pausa para observar:
1-¿Qué sí tienes hoy que ayer dabas por sentado?
2-¿Qué estás aprendiendo, aunque no lo veas del todo claro aún?
3-¿Qué parte de ti está más fuerte ahora, incluso sin darte cuenta?
Y sobre todo: no transites esto sola. Apóyate en tu fe, en tus vínculos, en lo que te conecta con tu propósito. Es un momento, no una sentencia. El túnel no es tu hogar, es el camino hacia algo más profundo.
Y si hoy te cuesta ver la luz… recuerda esto:
La vida es maravillosa, desde el punto en el que estés. Nunca será lineal. A veces estarás arriba, otras abajo, pero lo importante es estar preparada: en foco, en aprendizaje, unida a Dios no solo cuando lo necesites, sino todos los días.
Vive con sentido, porque si no… ¿para qué?
Y sobre todo, sé agradecida. Siempre.
Tu coach Dayana.


Deja un comentario