Hoy escribo como mujer.
Como esposa.
Como compañera de vida.
Y te escribo a ti, amor, porque aunque estás siempre… nunca te he escrito.
Estás en cada paso, en cada decisión importante, en cada caos con los niños, en cada comida improvisada, en cada llevada al colegio, en cada sueño compartido… pero también en los silencios, en las miradas cómplices, en las cosas que nadie ve… pero yo sí.
Hoy quiero dejarte un espacio aquí, en este rincón donde suelo compartir mis reflexiones, porque tú también eres parte de todo esto.
Porque nada sería igual sin tu presencia amorosa, paciente, firme y real.
Siempre me sentí bendecida por tener un papá que supo estar presente.
Y me emociona profundamente saber que nuestros hijos también pueden vivir eso.
Que pueden experimentar el amor de un padre que no se esfuma cuando hay cansancio, que no huye del conflicto, que educa con presencia, con escucha, con ternura.
Un papá que no necesita gritar para que su voz deje huella.
Sé que no hay que agradecer lo que es una responsabilidad.
Pero hoy no agradezco el rol, sino la forma.
La forma en que lo haces.
La forma en que nos miras.
La forma en que eliges estar.
Gracias por ser hogar cuando todo se pone difícil.
Gracias por ser raíz cuando quiero volar y viento cuando me cuesta arrancar.
Gracias por amar a nuestros hijos con esa entrega tan tuya. Muchas veces admiro profundamente tu paciencia.
Hoy quiero regalarte este artículo como símbolo.
Porque lo que haces día a día no es invisible, aunque a veces no lo diga.
Porque ser papá desde el alma sí merece ser celebrado.
Gracias por ser tú.
Gracias por quedarte.
Gracias por construir.
Gracias por ser mi equipo.
Y gracias a Dios, que nos une y nos guía, porque sé que aún nos queda mucho camino para seguir creciendo, soñando y disfrutando juntos.
Te amamos.
Y yo, te admiro.
Dayana


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