
Nunca he tenido miedo de empezar de nuevo. Algo que me define es mi capacidad de salir de la zona de confort sin titubear. ¿Por qué les digo esto? Porque cada vez que dejo de conectar con algo, me invade la incomodidad. Y cuando me incomodo, se enciende en mí una chispa de búsqueda, de reflexión y de acción.
Podría dar muchos ejemplos que demuestran este patrón en mi vida, pero quiero enfocarme en el momento que, aún hoy, sigue siendo mi mayor desafío.
A veces, hay días en los que la Dayana fuerte no amanece conmigo.
Días en los que me desmorono, pero dentro de esa fragilidad, hay algo que nunca hago: abandonarme. No sé por qué, pero es justo en esos momentos cuando encuentro la mayor fuerza para seguir adelante.
Fundé y dirigí un negocio durante siete años. Nació de una necesidad personal cuando llegué a Chile: encontrar un lugar donde mi hijo recibiera cuidado y orientación académica mientras yo intentaba establecerme y encontrar empleo. No era la única en esta situación, muchas madres vivían lo mismo. Y así, el negocio prosperó y creció.
Pero la vida cambia. Mi mundo cambió. Tuve otro hijo, mis prioridades tomaron otro rumbo, y la rutina comenzó a pesarme. Me mudé lejos de mis negocios y eso implicaba levantarme más temprano, llevar a mi hijo a un colegio distante, lidiar con un agotamiento constante. Todo esto me hizo cuestionarme: ¿Es esto sostenible? ¿Soy feliz con esta vida?
Desde pequeña, me enseñaron que el trabajo es sinónimo de sacrificio, incluso si atenta contra tu bienestar. Así que me esforcé aún más. Pero la desconexión y el agotamiento me alcanzaron. Comenzaron las discusiones en casa, mi cuerpo reflejaba el desgaste, el estrés se volvió parte de mi piel. Hasta que llegó el punto de quiebre. Tenía dos opciones: seguir así o soltar todo lo que ya no me hacía feliz.
Dios me envió señales.
Una de ellas fue mi encuentro fortuito con el coaching, algo de lo que hablaré en profundidad en otro momento. Pero lo importante es que, al final, decidí soltar. Y soltar implicó dejar atrás siete años de inversión, estabilidad económica y una identidad que había construido con esfuerzo.
No fue fácil. Me invadieron las inseguridades. Me preguntaba cómo podía hacer esto a mis 38 años, con dos hijos. ¿Cómo le explicaría a mi esposo que mi propósito había cambiado? Pero yo creo en la coherencia: si predico algo, lo vivo. Y como ya estaba inmersa en el mundo del coaching, busqué ayuda. Me di la oportunidad de recibir orientación y encontré respuestas que siempre estuvieron en mí, pero que no tenía las herramientas para reconocer.
Reconecté con mis valores y rompí con la creencia limitante de que la edad es un obstáculo. No era que no pudiera con mis negocios; era que simplemente ya no era feliz con esa realidad.
Hoy, aún no estoy donde quiero estar, pero tengo la certeza de que voy en el camino correcto. Y eso es amor propio. Dejé mis miedos y creencias limitantes en el 2024 y recibí el 2025 con esperanzas, metas y sueños. Claro, también con miedos, pero con la certeza de que ese miedo es símbolo de transformación.
Estar aquí, escribiendo estas palabras, es una validación. Siento mariposas en el estómago. Me emociona. Me ilusiona. Y sobre todo, me hace sentir viva otra vez.


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